
La rueda delantera de la vieja bicicleta se tambaleó un poco al atravesar el último tramo pedregoso, pero Carmelo logró mantener el equilibrio.
La luz del sol apenas se colaba ya por el horizonte, dando paso a una penumbra que envolvía la calle principal de Quintana.
Respiró hondo, se enjugó el sudor de la frente con el dorso de la mano y soltó el manillar.
El silencio rural le dio una tímida bienvenida: la brisa agitaba algunas hojas secas contra las tapias de adobe, y de fondo se oía el balar lejano de un par de ovejas. Con un golpecito en el pecho, Carmelo se animó a sí mismo antes de levantar la aldaba y llamar.
La puerta cedió tras un chirrido que retumbó en la fachada, y al otro lado apareció un hombre de apariencia robusta, con el ceño fruncido y una mirada cautelosa. La sombra del sombrero ocultaba parte de su rostro, pero dejaba entrever cierta curiosidad. Era Pedro, el agricultor de las 14 hectáreas de trigo de las que tanto había oído hablar.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz grave.
—Buenas noches —repuso Carmelo, recuperando el aliento—. Disculpe la hora, soy Carmelo Rodero, de Pedrosa de Duero. Vengo a ofrecerle empacar sus tierra esta cosecha.
Pedro, sorprendido por la irrupción a esas horas, guardó un instante de silencio. Luego, con un leve gesto, invitó a Carmelo a pasar al corralón. Allí, el suelo de tierra estaba salpicado de restos de paja y herramientas. Una lámpara de queroseno, colgada de un pilar, esparcía una luz amarillenta y dispareja que se movía al vaivén de la brisa.
Carmelo, consciente de que esa primera charla era crucial, sacó del bolsillo de su chaqueta un pequeño papel donde había trazado unos apuntes. Quería mostrárselos a Pedro para ilustrar la idea básica de la empacadora: cómo recogía la paja, cómo la prensaba y la ataba en fardos más compactos, y por qué eso suponía menos tiempo y esfuerzo para el agricultor. Sin embargo, se encontró con la mirada recelosa de Pedro, que, con los brazos en jarras, no parecía convencido.
—Dicen que eso de las máquinas quita jornales… —murmuró el hombre.
Carmelo se apresuró a calmar sus temores:
—Al contrario —explicó—, mi intención es facilitar la tarea a su gente y así puedan dedicar el tiempo a otras tareas, como la siembra o la venta, sin malgastar energías en un trabajo tan pesado. Además, con esa empacadora la paja queda más limpia y en menos espacio, se evita que se desperdicie y así puede venderse o almacenarse mejor.
Pedro hizo una mueca, sopesando las palabras de Carmelo. Se notaba que no estaba acostumbrado a que llegaran desconocidos con ideas novedosas. Al fin, con un suspiro, decidió concederle un voto de confianza.
—Bueno… hablemos de números, muchacho. ¿Cuánto me va a costar este servicio?
Carmelo, con el corazón aún latiéndole con fuerza, deslizó el dedo por el papelito y le explicó en detalle el coste por hectárea, el ahorro a largo plazo y lo flexible que podía ser según la cantidad de fardos obtenidos. Despacio, con voz pausada, reiteró la idea fundamental: se trata de optimizar cada peseta invertida.
Pedro, tras escucharlo con atención, guardó unos segundos de silencio antes de tender la mano para sellar el acuerdo. Carmelo percibió en seguida la dureza de esos dedos ásperos, curtidos por años de labranza y de sol implacable. Ese apretón firme confirmó la confianza necesaria para poner la empacadora en marcha en cuanto la cosecha lo requiriese.
—No le prometo que esto me convenza del todo —advirtió—, pero si veo que funciona, no faltará quien se entere de lo que hace tu máquina.
Carmelo sonrió, aliviado. Entendió que en palabras de aquel agricultor rudo se escondía la oportunidad de difundir su trabajo por otros pueblos.