Capítulo II. La gran ciudad

Capitulo 2

El sol apenas despuntaba cuando Carmelo se despidió de su madre en la puerta de su casa.

Su padre ya estaba en el campo, pero el joven se marchaba con su bendición.

A su espalda, Pedrosa de Duero aún se desperezaba bajo el frío de la mañana. Carmelo tenía entre sus manos la esperanza de que aquel día cambiaría el rumbo de su familia para siempre.

El autobús que lo llevaría a Aranda de Duero, el pueblo más grande de la zona era el único lugar donde poder comprar maquinaria.

Llevaba todo el verano esperando este momento, los días de segar se los pasaba pensando en este momento.

Por fin.

La carretera BU-120, que conectaba Pedrosa con Aranda, serpenteaba por los paisajes interminables de cereal y viñedos, algunos ya dorados por el otoño, otros aún en plena producción.

 La distancia, de unos 25 kilómetros, parecía pequeña, pero para Carmelo era su primera vez solo en un autobús rumbo a la ciudad, una especie de frontera entre su vida familiar y el mundo más grande y desconocido que comenzaba a descubrir.

El primer pueblo donde paró el bus fue Roa, un pueblo arraigado a la viticultura, donde subieron unos cuantos pasajeros. Carmelo, sentado cerca de la ventana, observaba con curiosidad el movimiento en cada parada, las idas y venidas de gente mayor, campesinos y algún que otro joven que se dirigía a Aranda por motivos similares a los suyos: trabajo, aprendizaje, progreso.

El trayecto continuó por Berlangas de Roa, donde el autobús hizo una breve parada. Desde su asiento, Carmelo vio a un anciano con boina y bastón subir al autobús, seguido de una mujer que cargaba una cesta llena de verduras. Se preguntó si alguna vez aquel anciano había tenido sueños como los suyos, si alguna vez había imaginado un futuro en el que los hijos del campo pudieran utilizar máquinas para aligerar su carga.

 Él sí lo imaginaba, y ese pensamiento le dio fuerzas para continuar su viaje.

Después de Berlangas, el paisaje comenzó a transformarse. Los viñedos se extendían más allá del horizonte, pero también empezaban a aparecer edificios más grandes, caminos de asfalto bien delineados y un tráfico más denso que el que estaba acostumbrado a ver.

Aranda de Duero se alzaba ante él como una especie de promesa. Carmelo sentía la emoción, el latir con fuerza de su pecho mientras el autobús se acercaba a su destino.

Al fin, el vehículo llegó al centro de Aranda, donde se encontraba la parada principal. Los edificios altos y las calles pavimentadas le parecían un mundo diferente al de Pedrosa, pero no había tiempo que perder. Bajó del autobús con pasos firmes y decidió que, aunque el corazón le latía con fuerza ante lo desconocido, no permitiría que los nervios lo detuvieran.

Sabía que el concesionario de maquinaria agrícola John Deere estaba en las afueras, en el polígono industrial, y que tendría que andar un buen trecho para llegar hasta allí. Preguntó a un par de transeúntes por la dirección exacta y se puso en marcha. El camino le llevó a través de las calles del centro de Aranda, que poco a poco fueron dando paso a zonas más amplias y desiertas, con menos gente y más ruido de motores.

 Era la primera vez que se encontraba tan cerca de fábricas y talleres, y no pudo evitar fijarse en los enormes edificios que lo rodeaban.

Carmelo caminó durante más de media hora, hasta llegar a la entrada del polígono industrial. Los letreros de las empresas aparecían en grandes paneles, y al fondo, reluciente bajo el sol de mediodía, distinguió el logotipo verde y amarillo de John Deere.

Una sonrisa se dibujó en su rostro, sabiendo que estaba a punto de entrar en un nuevo capítulo de su vida.

El cansancio del viaje desapareció al cruzar las puertas del concesionario.

Allí, entre tractores y maquinaria moderna, Carmelo sentía que había llegado a la primera etapa de su sueño.

Sabía que aquello era el comienzo de algo grande para su familia y, tal vez, para la manera en que se trabajaba la tierra en su pequeño rincón de la Ribera del Duero.