Capítulo VII. 2 pesetas el kilo

El silbato de la azucarera rasgó el aire frío de la mañana, anunciando el cambio de turno. 

Cientos de remolachas se deslizaban por las cintas transportadoras como un río terroso que olía a dulzor húmedo. Carmelo esperó a un lado, con la gorra entre las manos y el polvo del camino aún pegado a las botas. Había regresado al día siguiente convencido de no irse sin un acuerdo.

El ingeniero, don Álvaro Salcedo —así rezaba la plaquita de su despacho—, lo recibió sin ceremonia. El suelo de mosaico despedía un eco metálico bajo las pisadas, y en las paredes colgaban gráficas de producción con líneas que subían y caían como montañas rusas.

—Buenos días, Rodero —saludó don Álvaro, ajustándose la corbata—. He revisado sus números y su… método. Dice que puede empacar quince toneladas al día.

—Eso, o más, si el tiempo acompaña —respondió Carmelo, plantándose erguido—. Y sin desperdicio.

El ingeniero frunció el ceño, hojeó un informe y deslizó un contrato sobre la mesa.

—Necesitamos eficiencia y limpieza. Cada kilo bien prensado nos ahorra espacio y humedad. Puedo ofrecerle 1,60 pesetas el kilo de pulpa seca.

Carmelo tragó saliva despacio. Pensó en los amaneceres que costaría compensar una rebaja semejante, en las piezas que tendría que apañar con alambre si la empacadora sufría. Inspiró hondo, como cuando se iba a lanzar cuesta abajo en la bicicleta de su infancia.

—Señor Salcedo, no he venido hasta aquí para conformarme con menos de lo que vale mi trabajo —dijo, suave pero firme—. Garantizo la pulpa limpia, compacta y lista antes del toque de sirena. Dos pesetas el kilo. Ni una menos.

El ingeniero apretó los labios. Al otro lado del ventanal, dos obreros empujaban carros rebosantes de remolacha; el vapor que salía de las chimeneas dibujaba columnas que se disolvían en un cielo plomizo.

—Dos pesetas es más de lo que pagan los transportistas de Valladolid —repuso, girando el bolígrafo entre los dedos.

—Pero ninguno de ellos conoce estos campos como yo —replicó Carmelo—. Llevo mil mañanas oliendo la tierra antes que el sol. Y si pierdo una hora, la recobro al anochecer; mi máquina y yo no miramos el reloj.

Se hizo un silencio denso. El tictac del regulador de pared resonó como un martillo. Don Álvaro se levantó, caminó hasta el ventanal y observó las chimeneas. Luego, sin girarse, preguntó:

—¿Puede empezar pasado mañana?

—Mañana al alba —contestó Carmelo—. Así verá usted el primer carro listo antes de que suene ese silbato.

El ingeniero volvió al escritorio, tachó con trazo rotundo la cifra de 1,60 y escribió 2,00. Firmó. Alargó la pluma.

El pulso de Carmelo tembló apenas al estampar su nombre completo: Carmelo Rodero 

Al acabar, alzó la vista; en los ojos de don Álvaro ya no había desconfianza, sino una chispa de curiosidad, quizá respeto.

—Rodero —dijo el ingeniero mientras estrechaban manos—. No me falle.

—No lo haré. Y si lo hago, será porque el cielo se caiga encima —respondió Carmelo con media sonrisa.

Al salir, el aire le pareció más limpio, aunque olía a melaza y humo. En el bolsillo interior guardó el contrato doblado como un talismán. Se detuvo un instante a escuchar el latido del lugar: poleas, correas, voces lejanas. Era un mundo nuevo, industrial, estridente; aun así, le recordó a la vieja empacadora carraspeando al amanecer.

Pensó en Pedro y en las hectáreas de trigo; pensó en su madre contándole los céntimos sobre la mesa de la cocina. Dos pesetas el kilo. Sonaba a promesa de futuro.

Mientras arrancaba, el cielo gris cedió a un rayo de sol oblicuo que iluminó, por un segundo, la nave principal. Carmelo entrecerró los ojos: vio destellos dorados en los raíles, en los montones de remolacha, en las ruedas de los carros. Como si el campo entero —trigo, paja y rocío— hubiera seguido sus pasos hasta aquí.

—Vamos, vieja —susurró, palpando el salpicadero—. Mañana nos toca madrugar de verdad.

Puso rumbo a Pedrosa, con el zumbido del motor mezclado con el zumbido nuevo de un sueño que acababa de firmarse al precio justo: dos pesetas por cada kilo de confianza.