Capítulo III. La decisión.

Capitulo 2

Al cruzar las puertas del concesionario, Carmelo sintió una mezcla de emoción y vértigo. Allí, entre cosechadoras y tractores, se encontraba la promesa de un futuro mejor para él y su familia, el sueño que lo había traído a la gran ciudad. 

Era la primera vez que veía maquinaria agrícola de esa envergadura en persona; la cosechadora que deseaba comprar, una máquina robusta y eficiente, brillaba bajo las luces del almacén. La había visto en folletos y oído hablar de ella entre los campesinos de Pedrosa de Duero, que soñaban con tener una algún día.

Un vendedor de rostro amable y manos curtidas por el trabajo se acercó a él. Le estrechó la mano con una sonrisa franca y enseguida comprendió que Carmelo venía con la esperanza de cambiar su suerte. Le explicó que venía buscando una cosechadora, que su familia trabajaba la tierra con esfuerzo, y que aquel tipo de maquinaria podía significar una diferencia crucial en el rendimiento de su campo. El vendedor escuchó con paciencia y atención, observando la mezcla de ilusión y nerviosismo en el rostro de Carmelo.

—Mira, entiendo bien lo que necesitas —respondió el hombre con tono sereno—, pero una cosechadora es una inversión considerable, y los precios… —hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Tal vez te interese ver algo que se ajuste mejor a lo que buscas ahora, y que también te ayude en la cosecha, aunque en una escala distinta.

Intrigado y con una pizca de desilusión, Carmelo siguió al vendedor hasta una máquina de menor tamaño y más asequible: una alpacadora. No era la imponente cosechadora que había soñado, pero podía ser una herramienta invaluable para su campo. Una alpacadora le permitiría recoger y empaquetar la paja de manera más rápida y eficiente, lo cual también ahorraría tiempo y reduciría el esfuerzo de su familia durante la cosecha.

Esta máquina podría ser un gran apoyo para ti —le explicó el vendedor—. Además, tenemos una opción de financiamiento especial para pequeños agricultores que necesitan aliviar las cargas. Podrías llevártela hoy mismo con un acuerdo de pago a dos años, en dos plazos. No es una cosechadora, lo sé, pero sé que podrías sacarle mucho provecho en tu tierra.

Carmelo miró la alpacadora en silencio, sopesando aquella oportunidad. La cosechadora era su sueño, pero comprendía que era un objetivo ambicioso para su primera inversión. La alpacadora, en cambio, era una opción alcanzable y un primer paso hacia esa modernización que tanto anhelaba para el campo de su familia. Mientras el vendedor hablaba, Carmelo imaginaba las posibilidades, el tiempo que ahorraría, la carga de trabajo que aliviaría, y, sobre todo, cómo la maquinaria podía darles una ventaja en las cosechas venideras.

El vendedor le mostró los términos financieros: dos pagos, el primero al finalizar el año siguiente y el último en dos años. Era un compromiso, sí, pero uno que parecía alcanzable, uno que no los dejaría en una situación tan riesgosa como lo sería el crédito para una cosechadora.

Carmelo, con el contrato en la mano, pensó por un momento. Sabía que su familia había vivido siempre con lo justo, evitando comprometerse con pagos futuros. Sin embargo, el recuerdo de los veranos interminables de siega y la posibilidad de transformar el esfuerzo de sus padres en algo más eficiente lo llenaron de determinación.

Acepto el trato. Quiero esta alpacadora —dijo, firme y sereno.

El vendedor asintió, impresionado por la valentía y resolución del joven. Procedieron a firmar el acuerdo, y le explicó algunas indicaciones básicas para el uso y el mantenimiento de la máquina. Carmelo escuchaba atentamente, ya visualizándose al mando de aquella herramienta en el campo.

Con la documentación en mano y un peso en el pecho que se sentía más como esperanza que como carga, Carmelo se dirigió hacia la estación de autobuses. La tarde caía sobre Aranda de Duero, tiñendo las calles de un dorado cálido mientras él se alejaba del concesionario. Sabía que al regresar a Pedrosa de Duero no traía la cosechadora de sus sueños, pero tenía en sus manos algo mucho más cercano, algo que podía representar el inicio de una nueva etapa en el trabajo de su familia.

En el autobús de regreso, contempló los campos que se extendían hasta el horizonte. Donde antes veía esfuerzo y sudor, ahora veía posibilidad. La alpacadora era un primer paso, y quizás con el tiempo, y con el éxito de la próxima cosecha, la soñada cosechadora también sería posible.